¿Quién teme a los comunistas?

          Desde que Karl Marx y Friedrich Engels publicaron sus obras “magnas” (“Manifiesto Comunista”, en 1848, y “El Capital”, en 1867), el mundo nunca más fue el mismo. Ríos de sangre comenzaron a invadir distintos lugares del planeta, manchando de manera indeleble la sociedad humana con una de las más grotescas y peligrosas amenazas que se han observado en la larga historia moderna de nuestra especie. Fue efectivamente un marco en la narrativa milenar del trayecto humano, no

SAINT PETERSBURG COMUNISMO
Palácio de Invierno, sede del gobierno (1917) (Fuente: http://www.taringa.net/posts/imagenes/17554145/La-revolucion-rusa-en-imagenes-y-explicadas.html

exactamente en el sentido positivo y constructivo, sino que en su nuevo infierno terreno – que, además, alteraría sustancialmente los rumbos de la sociedad mundial -. Así, se puede definir claramente un marco histórico entre el antes y el después del surgimiento del comunismo, asociándolo a una nueva era de barbaries.

¿Qué trajo de positivo y de benéfico el comunismo?

          Bien, este primer registro histórico que marca, efectivamente, la “inauguración” de una serie de hecatombes provocadas por el comunismo a partir de su surgimiento (aunque no podemos olvidar que, antes de este marco histórico, ya fueran provocadas incontables bajas del mundo democrático en otros tipos de refriegas ya de corte comunista), resultó en algo próximo a unos 100 millones de muertos, según diversas fuentes (destacándose en primer lugar, el famoso “Libro Negro del Comunismo”, de Paczkowsky, Courtois, Werth, Bartosek, Panne & Margolin, Harvard University Press, 1997)  que, curiosamente, divergen según sus propios intereses. En suma, no existen números exactos de víctimas en razón (directa o indirecta) del comunismo, aunque sí se sabe que fueron millones de muertos por los más diversos motivos – desde el hambre al fusilamiento -.

           Lo que sí se puede referenciar son episodios esparsos y apenas a título ilustrativo. Las fuentes informativas se multiplican en razón directamente proporcional a la importancia que va adquiriendo el tema a través de las décadas y, no raramente, algunas con fuertes vestigios de tendenciosidad que conlleva a una natural desconfianza del lector. Ahora bien, no es nuestro objetivo ingresar a estos detalles numéricos, sino que, con mayor énfasis, exponer el ámago de esa falsa ideología que tanto destruye y agita el ámbito social mundial, multiplicando las degeneraciones problemáticas que de ella derivan.

          Lo cierto es que, respondiendo a la cuestión-título de este apartado, puede afirmarse sin temor que nada de bueno derivó del comunismo; al contrario, los episodios criminales y sangrientos se suceden en velocidad vertiginosa, destruyendo todo lo que aparece por su frente, sin temor, sin moral, sin ética, sin humanidad. Esta sería la respuesta más adecuada a la cuestión-tema que rotula este subtítulo.

          Hagamos un escueto recorrido histórico para identificar los principales fundamentos que marcaron la presencia e inauguración del comunismo como variable (positiva o negativa) en la sociedad mundial:

  • Primero, destaquemos la gran división existente en la historia de las ideologías en destaque: (a) el comunismo antes del marxismo, y (b) el comunismo después del marxismo. 
  • “La semilla del comunismo moderno germinó mucho antes del siglo XX. La palabra en sí – comunismo – fue inventada más tarde, conquistando valor [conceptual] generalizado en Francés, Alemán e Inglés apenas en los idos de 1840. Ha denotado consistentemente un deseo de desenterrar los cimientos de la sociedad y reconstruirla” (SERVICE, 2007:13). Las características “genéticas” del comunismo dejan transparecer un odio constante contra el Estado y la economía, sugiriendo, inclusive, que solamente ellos [los comunistas] – y no sus muchos rivales en política de izquierda – tendrían potencial doctrinal y práctico para transformar los negocios humanos. Los comunistas, además, muestran fuerte determinación e impaciencia en sus esfuerzos para alcanzar las mudanzas pretendidas.
  • La idea de una sociedad sui generis, totalmente igualitaria, surgió por primera vez en la Grecia clásica [499 a.C. – 323 a.C.]. La Antigua Grecia fue el primer país del mundo en reconocer la propiedad privada de la tierra y tratarla como una mercancía, y por lo tanto fue la primera en afrontar las desigualdades sociales que resultan de la propiedad (PIPES, 2001:1). Una reflexión de Marx merece ser citada para aclarar esta idea: “En la sociedad comunista, en la cual nadie tiene una esfera de actividad exclusiva […] la sociedad regula la producción general y esto torna posible que yo haga una cosa hoy y otra mañana, cazar por la mañana, pescar en la tarde, pastorear el ganado de noche, criticar después de la cena, tal como lo tengo en mente, sin nunca tornarme un cazador, un pescador, un pastor ou un crítico” (PIPES, op.cit.).
  • Las teorías formuladas por Marx y Engels fueron el cimiento de la Asociación Internacional de Trabajadores, popularmente conocida como la Primera Internacional, fundada en Londres en 1864 como anteparo a la inminente crisis del capitalismo.
  • El 25 de octubre de 1917 se tornó la fecha que marca la inauguración de una “nueva era”, la “era de la gran revolución socialista” (SMITH, 2014:1). Este es precisamente el verdadero marco (así entendido por los comunistas) de la instalación del gobierno de los bolcheviques, inaugurando un nuevo estadio de la historia humana que marca la transición del capitalismo al comunismo. El primer sistema, basado en la explotación humana, desigualdad y guerra, y el segundo, caracterizado por una sociedad sin Estado o clases sociales, radical igualdad, paz y desarrollo humano integral.
  • Vale registrar que tan expresivo e innovador desiderato tuvo vida corta. Luego ocurrieron las dos Grandes Guerras Mundiales (I y II) que literalmente derribaron el comunismo en el Este europeo en 1989 y en la Unión Soviética en 1991.

          He aquí, en rápidas pinceladas, la corta historia pretérita del comunismo. Sus propios (y absurdos) conceptos y, más que eso, acciones, se encargaron de minar (sin necesidad de cualquier auxílio adicional) las bases ideológicas de ese sistema social, tan frágiles que ni siquiera sus propios simpatizantes las practican. Basta observar superficialmente el estado en que se encuentran las naciones que decidieron adherir a esa ideología, en las cuales siquiera sus propios ciudadanos respetan el ideal utópico que defienden, a comenzar por los propios líderes de tales naciones, principalmente de la potencia rusa, cuyo actual mandatario – Vladimir Putin – es considerado el hombre más rico del planeta, algo ostensivamente disonante con los cánones tradicionales y altamente pregonados por el propio comunismo. Una paradoja inexplicable y – ¿por qué no? – grosera y bizarra.

        Lo mismo se puede afirmar sobre los demás líderes de las naciones comunistas, que ostensivamente nadan en ríos de oro y de riquezas sin-fin: Corea del Norte, China, Cuba, Vietnam del Norte, Laos, Moldavia, Nepal, y más recientemente, Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, El Salvador, Colombia (inestable, pero en dirección al comunismo híbrido difuso).  Otras naciones (a ejemplo de Brasil, Argentina, Chile, Perú, Bolivia) se encuentran en procesos conflictivos internos en los cuales aún se confrontan comunistas y democráticos, aunque debe subrayarse que, en realidad, no son verdaderos “comunistas” (en la acepción tradicional del término), sino que adoradores extremistas capitalistas travestidos de socialistas/comunistas, es decir, predican un pretensa ideologia en defensa de los oprimidos, pero practican el capitalismo extremo y predatorio, mentiroso, falso, engañador. De mi parte, los considero mucho peores que aquellos individuos que, por convicción, ignorancia o intereses particulares, defienden y viven como “legítimos” [sic] comunistas (si es que existen, porque yo aún no he encontrado ninguno pasible de ser así cualificado).

¿Ideologías son meras falacias o convenciones arregladas…?

          Perdónenme la osadía pero permítanme decirles, caros lectores, que existen sofismas que están lejos de ser realidad y esto es muy común en el ser humano. El estropeado adagio “en la práctica la teoría es otra” representa fielmente todas esas cuestiones abordadas en este ensayo, en relación a ideologías. No son nada más que falacias usuales al costumbre humano de simplemente engañar cuando le parece conveniente a determinado objetivo que persigue. La interrelación humana, desde épocas de antaño, está repleta de ejemplos al respecto, tornando desnecesario que se expongan casos ilustrativos. Al fin y al cabo, el ser humano es egocéntrico por naturaleza, aunque existan diversos niveles de egocentrismo, según sean las situaciones en que se aplique. Esto es insofismable.

          Además, la larga historia humana ya lo ha comprobado (y sigue haciéndolo): no existen ideologías “a”, “b” o “c”; existen intereses (individuales o, máxime, grupales) que se aglutinan bajo un “rótulo” (ideología) que, en la práctica, no representa nada porque, en su meollo, prevalece un único gran interés-guía que satisface a los que comulgan en ese grupo – mejor sería decir: “a los que comandan ese grupo”, traducido como minorías elitistas -.

          En este contexto ideológico, se agrupan las siguientes tendencias político-sociales: democracia, liberalismo, autoritarismo, centralización, nacionalismo, comunismo, socialismo entre otras. Existe una explicación para esta diversidad ceñida a la Modernidad:

“[…] durante el siglo XIX surgieron tres grandes ideologías políticas, el conservadurismo, el liberalismo y el socialismo. Desde entonces, las tres (en formas siempre cambiantes) han estado en lucha entre sí. 

Prácticamente todos estarían de acuerdo con dos generalizaciones acerca de esas luchas ideológicas. Una es que cada una de esas ideologías representa una respuesta al hecho que, después de la Revolución Francesa, se forjaron nuevas visiones colectivas, que dieron origen al sentimiento de que hacían falta estrategias políticas específicas para enfrentar una situación nueva. La otra es que ninguna de las tres ideologías ha encontrado nunca una versión definitiva. Por el contrario, cada una de ellas parece haber surgido en tantas formas como ideólogos ha tenido (WALLESRSTEIN, 2001:75) [destaques nuestros].

           Así sigue hoy día y así deberá seguir “ad aeternum”, pues es una característica inherente a la índole humana. Y para reforzar nuestra convicción al respecto, merece ser mencionada la lección del Dr. Ivan Antonio Izquierdo, médico y científico argentino, brasileño naturalizado y pionero estudioso de la neurobiología de la memoria y del aprendizaje. Según sus palabras de desahogo (que endoso también como mías),

“He visto tantas ideologías en estos años que llevo viviendo, tantas muertes, tantas torturas, tantas mentiras, tantos sufrimientos causados por esas ideologías que he mencionado, que sinceramente les temo a todas y no siento el menor respeto por ninguna. He perdido amigos porque salieron corriendo tras ellas o porque fueron corridos por ellas. La pérdida de una ideología es benéfica para el mundo, pero puede ser compensada. La de un amigo, no. La de muchos, ni hablemos.

Me doy cuenta de que, en realidad, en este mundo de Dios que parece abandonado por Él como uno de esos experimentos que fallaron, hay posiblemente dos y tan sólo dos ideologías reales: la ambición del poder, y la falta de ambición por el poder (IZQUIERDO, 2011:86) [destaques nuestros].

          No es preciso decir nada más. El hombre (“ese proyecto mal-terminado”, J.KOFFLER, 1976), ya lo deja muy claro, por lo que me permito transcribir, como cierre de este apartado, una cita retirada de mi tesis:

¿Por que o homem (ser humano), possuidor privilegiado de inteligência e racionalidade no meio dos seres vivos da natureza, portador do direito ao livre arbítrio consciente, é o único animal que se autodestrói; que destrói seus semelhantes, o meio ambiente que o acolhe e alimenta, sua família, seus vínculos que o enlaçam àqueles que lhe dedicam amor, compreensão, carinho, afeto, dedicação; adora e serve a diversos deuses apenas por temor; acumula riquezas sem partilhar-las; come sem ter fome, bebe sem ter sede; mata por prazer; trabalha por obrigação; faz sexo por libidinagem; luta por poder; disponibiliza sua criatividade e inteligência a serviço do mal; vegeta, não vive?” (KOFFLER, 1976:01) [destaques nuestros].

¿Entonces, nada sería verdadero en el actuar humano?

           No exageremos. “Nada” es una palabra extremista, excede a todo y cualquier fundamento racional. Lo que sí se puede afirmar es que “La verdad y el significado de las cosas siempre son según reglas” (REGUERA, 2002:153), lo que de per se, ya implica en alto tenor de subjetividad. Para el festejado filósofo austríaco, Ludwig Wittgenstein, “Hay unas reglas, y las reglas se siguen si se juega a un juego, determina este estudioso. Por lo tanto, si jugamos a un mismo juego, no significa decir que nosotros, jugadores, nos entendamos, sino que jugamos por las mismas reglas. Así, si extrapolamos esta premisa para cualquier otro inter-relacionamiento humano, tendremos que, desde que respetadas las reglas que nos orientan en determinado acto, nuestro actuar será verdadero y legítimo para aquél acto. Esta es la premisa que proveería de fundamentos a una ideología, que, como todo actuar humano, sigue obligatoriamente determinadas reglas.

         Esta premisa parece explicar con perfección cómo funcionan las ideologías. Pero no explica ni justifica la deturpación que existe en tales líneas de pensamiento ideológico. Tomemos como ejemplo el comunismo. Bajo esta ideología y según sus cánones, la igualdad sería el punto alto de una sociedad en la cual no existen clases; desaparecen los últimos vestigios de una distinción social (desigualdad), a ejemplo de las diferencias entre ciudad y campo ou entre trabajadores manuales e intelectuales, derivando en la  ecualización de capacidades y caracteres humanos. En otros términos, explica Fleischer (1965:90):

“El comunismo no presupone la eliminación de todas las diferencias entre los hombres sino que apenas aquellas diferencias y condiciones que pueden causar una diferencia en la situación social y en la posición del hombre. Independientemente de las orígenes y posiciones del hombre y su contribución para la producción social, él recibe bajo la égida del Comunismo la misma posibilidad que todos los otros para participación en las decisiones de asuntos comunes, para auto-desarrollo y para uso de todos los bienes.

Al mismo tiempo, el comunismo brinda el triunfo total de la libertad humana. Mediante la transformación de la producción, distribución y trabajo, el comunismo garantiza total fusión de los intereses económicos-sociales de todos los miembros de la sociedad. Consecuentemente, todos los fundamentos para el uso de la fuerza desaparecen” [destaques nuestros].

        Por todo lo expuesto – que representa apenas “la punta de un inmenso iceberg” -, la teoría comunista es, sin duda, el ideal de toda y cualquier sociedad. Un ideal ciertamente utópico al extremo, inviable, mentiroso, engañador y que no resistiría al más simplísimo y paupérrimo argumento contradictorio. Y que nadie se atreva a contrapuntear torpes argumentos como los usualmente oídos en nuestro día-a-día: “existen variaciones del comunismo”; “ese ahí es el ideal comunista”; “todas las variaciones siguen estrictamente el respeto por el amago conceptual del comunismo”; entre otros argumentos estupidos para driblar la esencia destructiva y mentirosa de esta ideología-secta

Verdad sea dicha: el comunismo não existe; es un grotesco disfraz del cual se aprovechan individuos sin moral y sin ética, verdaderos “abortos de la naturaleza” repletos de recalques, insanos, alienados, que se aprovechan de la ingenuidad humana de los más frágiles para cimentar sus monstruosos imperios de la degeneración social. El comunismo solo existe (y subsiste) en razón de dos pilares de sustentación: la ignorancia y la ganancia de los homúnculos que a él se inscriben; la historia ya ha comprobado dicha asertiva a través de los ejemplos palpables insertados en los dos últimos siglos.

A guisa de conclusión…

“Dime con quién andas y te diré quién eres”, reza el antiguo dicho popular, de manera certera e incontestable. Todos aquellos que se unen al comunismo asumiendolo como su ideal de vida y de lucha, o lo hacen por puro interés (en sentido lato), o por pura ignorancia, comprobando que son individuos desprovistos de moral, de ética, de carácter íntegro, de autoestima, de solidaridad humana.

En la larga historia humana, el hombre ha luchado contra sí y contra todos, de manera ininterrumpida, movido por sus necesidades de subsistencia y de sobrevida, y por sus caprichosos contrasentidos que colocan en fuerte duda su tan festejada racionalidad. Y en esa perenne lucha, ha demostrado claramente que su índole, curiosamente, es autodestructiva, algo como una tendencia natural y permanente al suicidio – moral, ético, vital -, comprobando de manera insofismable que él es su mayor enemigo.

Entonces¿qué se podría esperar de él sino su autodestrucción? Y efectivamente, ésta viene ocurriendo obstinadamente, hasta que lo consuma por completo. La naturaleza y todos sus seres vivientes ciertamente que le agradecerán…

“El régimen sedicente comunista falló por no ser auténticamente socialista: porque, lejos de socializar la economía, la política y la cultura, las estatizó y, a su vez, sometió el Estado a la dictadura del partido. Una vez más: no puede haber socialismo auténtico, o sea, igualdad, allí donde el poder económico, político y cultural están concentrados en manos de una pequeña minoría.”
MARIO BUNGE

 

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