Globalización: no existen más “naciones”; existen ideologías que suelen ceder lugar a apenas intereses individualizados o grupales. Por lo tanto, ¡no existe más “sociedad”!

FOTO-Torre-Babel
Torre de Babel (2000 a.C)

 No se si el atento lector ha prestado atención a lo que viene ocurriendo en nuestro planeta, silenciosamente, en las últimas décadas, o mejor, a partir del siglo pasado y durante el corriente. Una rápida mirada nos muestra que el caos inundó la humanidad. Una “nueva Torre de Babel” está siendo erguida, tal cual ha sido imaginada en los idos del inicio de la Era Cristiana, cuando surge la simbología de esa imagen (Génesis 11, 1-9). Imagen que representa fielmente la desconstrucción social que, por su vez, genera el caos.

          Como se ha expuesto en el artículo anterior (vea aquí), vivimos una verdadera regresión hacia nuestros orígenes. Las sociedades humanas ya no se hablan más entre ellas; por el contrario, los ánimos apuntan en dirección a una casi constante disensión; hay un perenne estado litigioso en el cual difícilmente una de las partes consigue alcanzar su verdadero desiderátum. Las estrategias de composición de los intereses en conflicto pasaron a ser cada vez más raras, en cuanto crecen exponencialmente los embates intersubjetivos. En suma, parece realmente una auténtica Torre de Babel.

La pauta en boga es la globalización

          En los idos de la década del 70 (siglo pasado), se observó una tendencia masiva en la multiplicación y expansión de las organizaciones conocidas como multinacionales. A ellas luego fueron atribuidas las penurias que venían sufriendo las sociedades de naciones en vías de desarrollo. La crítica preponderante se dirigía al poderío de esas organizaciones mundializadas que, en la práctica, poseían poder de regateo (o poder de negociación) superior a los usuales de una organización empresarial operante meramente en territorio nacional.

“En esa época se estudió el fenómeno en todos los foros internacionales porque las grandes corporaciones habían logrado tener un poder de negociación que era mayor que el de muchas naciones organizadas. La diplomacia de las empresas era, en muchos casos, más poderosa que la diplomacia de los países periféricos.

De acuerdo con el análisis unicista de la globalización, ésta no es un fenómeno económico sino un fenómeno integral, que abarca aspectos económicos como motores de la acción” (BELOHLAVEK, 2006:42).

          Lo cierto es que, en la práctica, las reclamaciones poseían fundamentación lo bastante para que fuesen llevadas en consideración y tratadas como potenciales amenazas a los negocios empresariales operantes apenas en los mercados internos y, como tales, restringidos en sus capacidades no apenas operativas, sino también en sus modelos de contratos laborales y comerciales con sus mercados locales. Esta situación exigió naturales y necesarios ajustes internos en las empresas, que llevaron a una “profunda transformación de los sistemas productivos, nacionales y locales, y de un nuevo posicionamiento competitivo que permita hacer frente a los retos de la globalización” (TORIL, 2007:111).

          La globalización universal – observa Belohlavek – “es una utopía que se cae como la misma Torre de Babel. La única diferencia es que en la caída produce efectos paradojales difíciles de manejar”. Al contrario de la globalización sustentable que “tiene un alcance menor, pero permite alcanzar resultados más estables en el tiempo. Requiere un alto nivel de conciencia de las acciones que se emprenden, y un contexto de evolución social, económica y política en el cual sostenerse”, completa el autor en mención. Así, mientras el primer modelo (universal) está fundado en la necesidad, el segundo modelo (sustentable) lo está en la conveniencia, es decir, busca la institucionalización de las culturas que alcanza por sus acciones.

          En otras palabras y bajo el punto de vista de la teoría estrictamente económica, globalizar presupone aceptar la interdependencia entre las naciones, remitiendo todo y cualquier problema más grave de la economía a una trascendencia general o mundial (ORDUNA, 2002 apud TORIL, 2007:111). Pero, ¿qué significa esta trascendencia? Esta redunda en una natural coalición entre las naciones que comparten cierta teoría económica, resignificando, por su vez, la perfecta adherencia en sentido lato, entre los intereses de las naciones que componen un determinado bloque económico. ¿Hasta qué punto sería posible tal adherencia en sentido práctico? Difícil decir, ya que, “en la práctica, la teoría es otra”, usamos (y osamos) afirmar desde hace mucho tiempo y en amplio espectro. Particularmente, estamos convictos de la cuasi-imposibilidad de alcanzar una adherencia tal que conforme intereses en amplio sentido, entre dos o más naciones. A partir de este convencimiento (fundado en nuestra larga vida práctica, profesional y personal), consideramos el fenómeno económico de la globalización como uno más de los tantos sueños alimentados por la sociedad humana y que, infelizmente, no coaduna con el perfil psicosocial del propio ser humano. Por lo tanto, es un sueño efectivamente utópico.

La sociedad posmoderna

          Somos más de siete mil millones de habitantes en el planeta. Este gran contingente populacional ocupa efectivamente apenas poco más del 7% de la superficie de la Tierra. Mares y océanos cubren otros 30%. En suma, existen inmensas áreas en que no existe cualquier población humana. Es decir, las poblaciones están concentradas en determinadas regiones y las sociedades modernas optaron por sus edificaciones verticales para usarlas no solo como viviendas, sino también como locales de trabajo y de diversión.

          El brillante y festejado sociólogo y escritor polaco contemporáneo, Zygmunt Bauman  (a quien tuve la satisfacción de conocer, ciceronear y con él compartir y debatir ideas, en sus pasajes por Buenos Aires – Argentina – y Brasil) -, fue quizás el crítico más ácido de nuestra espécie. En similar tono de diapasón podría ser comparado sin cualquier temor a otro gran sociólogo y educador alemán (a quien acompañé en su gira por Brasil), Winfried Böhm .

          Bauman se hizo notable con la inclusión, en sus títulos literarios, del adjetivo “líquido” como sinónimo de fluidez (calidad de líquidos y gases), aplicado a las acciones humanas, a partir de una constatación derivada de sus experiencias: “No podemos más tolerar lo que dura. No sabemos más hacer con que el tedio dé frutos. Así, toda la cuestión se reduce a ésto: ¿puede la mente humana dominar lo que la mente humana creó?”. En sus explicaciones, Bauman (2001:3-4) aclara aún más esa diferencia entre lo sólido y lo líquido (como fundamento para el actuar humano): “En cuanto los sólidos tienen dimensiones espaciales claras, aunque neutralizan el impacto y, por tanto, disminuyen la significación del tiempo (resisten efectivamente a su flujo o lo tornan irrelevante), los fluidos no se atienen mucho a cualquier forma y están constantemente prontos (y propensos) a cambiarla; así, para ellos, lo que cuenta es el tiempo, más que el espacio que les toca ocupar; espacio que, al fin y al cabo, llenan apenas ‘por un momento'”.

          Bauman (2001, op.cit., p. 6), en suma, traza un paralelo entre la modernidad como un compuesto de sólidos oxidados, degradados y, por lo tanto, indignos de confianza, habiendo que derretirlos para entonces sustituirlos por nuevos sólidos más duraderos. En sus propias palabras:

“Al contrario de la mayoría de los escenarios distópicos, este efecto [de romper la rigidez, diluirla] no fue alcanzado via dictadura, subordinación, opresión o esclavización; ni a través de la ‘colonización’ de la esfera privada por el ‘sistema’. Al contrario: la situación presente emergió del derretimiento radical de los grilletes y de las esposas que, cierto o errado, eran sospechosos de limitar la libertad individual de escoger y de actuar. Esa rigidez del orden es el artefacto y el sedimento de la libertad de los agentes humanos. Esa rigidez es el resultado de ‘soltar el freno’: de la desreglamentación, de la liberalización, de la ‘flexibilización’ de la ‘fluidez’ creciente, del descontrol de los mercados financiero, inmobiliario y  de trabajo, tornando más leve el peso de los impuestos etc.”.

         La sociedad líquida con sus relaciones líquidas, en suma, denotan una estructura social inestable, potencialmente mutable, insegura, dificultando cualquier planeamiento (en cualquier sentido) con cierta dosis de seguridad, necesaria para el desarrollo de cualquier proyecto humano que se pretenda duradero. A esta estructura social inestable, por su vez y ahora más ostensiva en razón del miedo, se suman otros factores que irán comprometer aún más el equilibrio social, colocando en alto riesgo el balance de una sociedad aparentemente sin rumbo, desnorteada. Bauman (2007:11-12) subraya la importancia del miedo en esta nueva etapa de la vida humana. Las incertidumbres que vienen acumulándose, derivadas que son de diversas fuentes, recrean una nueva forma de miedo humanoel miedo reciclado o derivativo (Lagrange):

“El <miedo derivativo> es un fotograma fijo de la mente que podemos describir […] como el sentimiento de ser susceptible al peligro: una sensación de inseguridad […] y de vulnerabilidad […]. Una persona que haya interiorizado semejante visión del mundo, en la que se incluyen la inseguridad y la vulnerabilidad, recurrirá de forma rutinaria (incluso en ausencia de una amenaza auténtica) a respuestas propias de un encuentro cara a cara con el peligro; el <miedo derivativo> adquiere así capacidad autopropulsora”.

         La sociedad líquida, ahora bajo la tensión del miedo derivativo, tendrá que ajustarse a nuevos desafíos de distintas montas. Lo cierto es que, en la actualidad, nada más parece ser predecible con la necesaria anticipación que permita a la sociedad humana prepararse a las modificaciones sociales que se descortinan en el horizonte. Porque cuando acabaron de ser detectadas, ya estarán a nuestras puertas sin perdón o, inclusive, ya en plena validez, sin tiempo para que la sociedad se prepare para el enfrentamiento de una nueva era. Reflexionen, porque es efectivamente esto que está sucediendo y nos amenaza con una inminente inundación de desastres continuados.

          Ya para Winfried Böhm (BÖHM & SCHIEFELBEIN, 2006:82) la cuestión central de la humanidad radica en los meandros de la Pedagogía – con lo que concordamos integralmente -. Las tres bases de apoyo de Böhm & Schiefelbein están localizadas en estos vértices: teoría, praxis, poiesis. Estos corresponden, respectivamente y por su orden, a: la teoría como visión contemplativa; la praxis como el actuar responsable; y la poiesis como el hacer productivo. Transmutando estas tres dimensiones como siendo tres grandes cosmovisiones occidentales, a cada una de ellas, en sus respectivas épocas, le correspondió: (1) a la teoría, la visión cosmocéntrica de la antigüedad clásica; (2) a la praxis, el cristianismo teocéntrico; (3) y a la poiesis, la visión antropocéntrica de la Edad Moderna.

          Böhm & Schiefelbein se preguntan, entonces: ¿en cuál de estos vértices se sitúa la educación? Y por decorrencia, ¿a cuál de ellos pertenece el conocimiento pedagógico? Bien, no podemos comprender la educación como mera teoría, sino como teoría que redunda en práctica para tornarse eficaz, efectiva, concreta. Así, parafraseando estos estudiosos, diríamos que ambas se complementan en relación indisoluble: una necesita de la otra y viceversa. De forma aislada, desconectada, no sobrevivirían o, si se quiere, serían inocuas. Es a partir de esta constatación que surgió el axioma: “la práctica sin la teoría sería ciega y la teoría sin la práctica sería paralítica”, constatan los autores en evidencia.

          El tema es extenso y complejo, no cabiendo su discusión en este escueto espacio, ni tampoco es nuestra intención agotarlo – lo que ciertamente demandaría la elaboración de un largo y complejo tratado sobre Pedagogía, distante de lo que pretende este resumido abordaje exploratorio. Lo cierto, en suma, es que el conocimiento y la pedagogía caminan juntos e interconectados, no permitiendo separaciones so pena de ambos perder sus verdaderos fundamentos y vaciar sus principales objetivos de existencia.

          Pues bien. En la sociedad posmoderna, nos parece existir un creciente distanciamiento entre la teoría y la praxis, entre el hacer teorético (saber ser) y el saber técnico (saber hacer). Hé aquí el ámago de la gran cuestión que asola, aterroriza, la sociedad posmoderna. He aquí nuestro próximo punto a desarrollar, finalizando este modesto artículo.

La teoría y la praxis: símbolos falsos del siglo XXI

          No nos parece correcto atribuir con exclusividad para este siglo lo que iremos exponer a continuación. Preferimos mantener la premisa de nuestra tesis de 1976 (“El hombre: ese projeto mal-terminado”), subrayando que las características humanas no son exclusividad de determinado siglo, sino que hacen parte inherente al individuo humano como especie que es. Sin embargo, dichas características parecen sobresalir con mayor evidenciación en razón directamente proporcional al avance de los siglos y al pretendido “avance del ser humano” (sic). Es en este paradoxal detalle que se sitúa el factor de incongruencia de mayor intensidad.

          Factor indiscutible: a medida que avanza y se perfecciona el desarrollo (sentido lato) del ser humano, van quedando más claras las señales de su imperfección como el pretendido proyecto más perfecto de la naturaleza. Esto es insofismable y ya ha quedado más que comprobado a través de los milenios que dicha especie ha atravesado desde el remoto surgimiento de sus ancestrales (algo en torno de los 2 millones de años).

          En ese largo período, a partir de la construcción de artefactos y herramientas toscas, la espécie Homo ha venido progresando, pasando por diversas mutaciones conducentes a la adaptación al medio y sus condiciones de vida y de sobrevivencia. Este proceso evolutivo sigue activo hasta nuestros días y esto es innegable. Pero, lo que sí se debe negar es que dicho proceso evolutivo haya seguido el mismo ritmo y mantenidas las mismas premisas características de lo que conocemos como “Humanidad”.

          En largos trazos, es posible observarse que, durante la evolución humana la praxis se ha distanciado de la teoría. En razón inversamente proporcional, a medida que el acervo teorético humano se perfeccionaba con el desarrollo de sus capacitaciones intelectuales, su praxis se distanciaba y se deterioraba. En suma, la paradoja resultante nos mostraba (y sigue mostrando) que el intelectualismo redundó en involución humana. Infelizmente, este es un tema que no pertenece al universo de este artículo, sino a un próximo escrito, en el cual trato exclusivamente de tal involución, persistente (en ritmo creciente) en nuestros días y denotando que no parece haber la menor chance de que tal proceso se revertirá.

          Teoría y praxis, hoy por hoy, ni siquiera atienden a los mínimos patrones de racionalidad, tan distante se colocan, una de la otra, hasta el punto de poder ser diseñadas como “dos rectas divergentes a partir de un punto de origen común”, que se distancian con el tiempo hasta que pierdan total visión, una de la otra (J.Koffler, 1976:Prolegómenos). 

*

BAUMAN, Zygmunt (1925-2017). Polonia. “Modernidad Líquida”, “Amor Líquido”, “Tiempos Líquidos”, “Vidas Desperdiciadas”, entre otras obras importantes.

BÖHM, Winfried (1937…). República Checa“Hauptwerke der Pädagogik”, “Quo Vadis Pädagogik”, “Geschichte der Pädagogik”, entre otras relevantes en coautoría. 

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